A mis costados, sin cesar, se agita el Demonio; flota alrededor mío como
un aire impalpable; lo aspiro y siento que abrasa mis pulmones y los llena de un
deseo eterno y culpable.
A veces toma (conoce mi gran amor por el Arte) la forma de la más seductora
de las mujeres y, bajo especioso pretexto de aburrimiento, acostumbra mis labios
a filtros infames.
Me conduce así lejos de la mirada de Dios, jadeante y rendido de fatiga,
en medio de las llanuras del Hastío, profundas y desiertas, y lanza a mis ojos llenos
de confusión ¡vestidos manchados, heridas abiertas y el parto sangriento
de la Destrucción
Charles Baudelaire
Lector apacible y bucólico, sobrio e inocente hombre de bien, arroja este libro
saturniano, orgiástico y melancólico.
Si no has estudiado tu retórica con Satán, el astuto decano, ¡arrójalo!
No comprenderás nada de él, o me creerás histérico.
Pero si, sin dejarte hechizar, tu pupila sabe sumergirse en los abismos,
léeme, para aprender a amarme; alma curiosa que sufres y andas en busca de tu paraíso
¡compadéceme! Sino, ¡yo te maldigo!
charles baudelaire
La diana cantaba en los patios de los cuarteles, y el viento de la mañana
soplaba sobre las linternas.
Era la hora en que el enjambre de los sueños malhechores crispa sobre sus
almohadas a los adolescentes morenos; en que, como un ojo sangriento que palpita
y se mueve, la lámpara pone sobre el día una mancha roja; en que el alma,
bajo el peso del cuerpo huraño y pesado, imita los combates de la lámpara y el día.
Como un rostro en llanto que las brisas enjugan, el aire está lleno del
estremecimiento de las cosas que huyen. Y el hombre está cansado de escribir
y la mujer de amar.
Las casas aquí y allá comienzan a echar humo. Las mujeres de placer,
con los párpados lívidos, la boca abierta, duermen con su sueño estúpido;
las pobretonas, arrastrando sus senos flacos y fríos, soplan sobre sus tizones
y sobre sus dedos.
Es la hora en la que entre el frío y la tacañería se agravan los dolores de
las mujeres parturientas; como un sollozo cortado por una sangre espumosa,
el canto del gallo desgarra a lo lejos el aire brumoso; un mar de neblinas baña
a los edificios, y los agonizantes, en el fondo de los hospitales, exhalan su
estertor en hipos desiguales. Los crápulas regresan, destrozados por sus andanzas.
La aurora, tiritando en traje rosa y verde, avanza lentamente sobre el Sena
desierto. Y el sombrío París, frotándose los ojos -viejo trabajador-
empuña sus herramientas.
Charles Baudelaire
Los carros de plata y cobre -
Las proas de acero y de plata -
Hieren la espuma -,
Agitan los tallos de las zarzas.
Las corrientes del páramo,
Y las huellas inmensas del reflujo,
Corren circularmente hacia el este,
Hacia los pilares del bosque,
Hacia los postes del muelle,
Cuyo ángulo castigan torbellinos de luz.
RIMBAUD
Cuando niño, ciertos cielos afinaron mi óptica:
Todos los caracteres matizaron mi fisonomía. Los fenómenos
Se alteraron. Ahora, la inflexión eterna de los
momentos y el infinito de las matemáticas me persiguen
a través de ese mundo donde padezco todos
Los éxitos civiles, restado por la niñez extraña
y los afectos enormes. Sueño con una guerra,
de derecho o de fuerza, de lógica muy imprevista.
Tan simple como una frase musical.
RIMBAUD
Como un ángel en manos del barbero, sentado
Vivo. Y empuño un chop de acentuadas estrías.
Una pipa en los dientes y el epigastrio inflado,
En el aire que surcan inciertas travesías.
Como las heces cálidas de un palomar vetusto,
Mil sueños en mí dejan una dulzura ardiente:
Y así mi corazón es como un triste arbusto
Que tiñen rojas gotas de un oro icandescente.
Y una vez que a mis sueños me los volví a beber,
Cauto, después de treinta o cuarenta festejos,
A calmar me retiro el acre menester.
Dulce como el Señor del cedro y los hisopos,
Meo hacia el cielo ardo, muy arriba y muy lejos,
Con la equiescencia de los grandes heliotropos.
RIMBAUD